
Mientras que los bosques, con la ayuda y la complicidad de las criptógamas (ver mi publicación anterior), tienen un papel importante como sumideros de carbono biótico en la tierra, en los océanos ese papel se debe en gran medida a la actividad del fitoplancton criptógamo, que 'atrae' grandes cantidades de CO2 durante la fotosíntesis. Sin embargo, y a diferencia de los árboles, gran parte de esa productividad primaria acuática la consumen los herbívoros, que a su vez son presa de varios niveles de carnívoros. En última instancia, gran parte del CO2 que se fija se libera poco tiempo después en la respiración. Es por eso que los intentos de consignar el carbono fijo que se retiene en los cuerpos de las algas (antes de que pueda ser consumido y respirado por herbívoros/carnívoros hambrientos) a las profundidades del océano y, por lo tanto, colocarlo fuera del alcance de la atmósfera donde podrían contribuir al calentamiento global – son bastante atractivos. De ahí la noción de fertilización con hierro, cuyo objetivo es promover el crecimiento del fitoplancton mediante la adición de ese nutriente esencial para las plantas, que escasea en gran parte de los océanos. Si bien los intentos de esta manipulación hasta la fecha han tenido éxito en la promoción del crecimiento de algas, ninguno ha demostrado sin ambigüedades los eventos de hundimiento masivo necesarios del carbono fijado que conducirían a que el carbono sea secuestrado adecuadamente a profundidades que impidan su rápido retorno a la atmósfera. Sin embargo, Víctor Smetacek et al., analizando el Experimento Europeo de Fertilización con Hierro (EIFEX) – llevado a cabo a principios de 2004 en 'el núcleo cerrado de un remolino de mesoescala verticalmente coherente de la Corriente Circumpolar Antártica' – concluye que al menos la mitad de la biomasa de la floración de diatomeas se hundió muy por debajo de los 1000 m de profundidad y que es probable que una parte sustancial haya llegado al fondo marino como una «capa de pelusa». Y, alentadoramente, las floraciones de diatomeas fertilizadas con hierro «pueden secuestrar carbono durante siglos en el agua del fondo del océano y durante más tiempo en los sedimentos». Pero aún no he descubierto por qué estos prometedores resultados aparentemente permanecieron ocultos a la vista del público durante ocho años... Y, si este secuestro biológico no está a la altura, solo tendremos que esperar que... los propios océanos siguen absorbiendo el exceso de CO2.
