Dos crisis globales se están desarrollando simultáneamente. Las dietas son cada vez menos saludables y los sistemas alimentarios son cada vez menos diversos. Objetivos de las Naciones Unidas para el Desarrollo Sostenible Se crearon para abordar ambos desafíos, abogando por una mejor salud y una producción y consumo más responsables. Sin embargo, la realidad avanza en la dirección opuesta. El consumo de bebidas azucaradas, vinculadas a enfermedades crónicas, sigue en aumento, mientras que la agricultura moderna depende en gran medida de un grupo reducido de cultivos, lo que deja el suministro de alimentos cada vez más vulnerable al cambio climático, las plagas y las enfermedades.

Las comunidades indígenas son cada vez más reconocidas como socios vitales para abordar estos desafíos. Su profundo conocimiento de los ecosistemas locales y su visión holística del bienestar ofrecen valiosas perspectivas para construir sistemas alimentarios más saludables y sostenibles. Australia es un ejemplo notable. El país alberga más de 6,500 plantas alimenticias nativas utilizadas tradicionalmente por los pueblos indígenas, pero solo unas pocas docenas han sido aprobadas para su comercialización a gran escala. Como resultado, muchas especies ricas en nutrientes que alguna vez formaron parte de la dieta local han sido desplazadas por un sistema alimentario globalizado dominado por un puñado de cultivos básicos.

En respuesta, investigadores y empresas han comenzado a explorar cómo se podrían desarrollar plantas autóctonas para convertirlas en productos ampliamente comercializados que también beneficien a las comunidades que las han utilizado durante generaciones. Acuerdos internacionales como el Convenio sobre la Diversidad Biológica y Protocolo de Nagoya Estas leyes se diseñaron para garantizar que esto ocurriera de manera justa, exigiendo que los beneficios derivados de los recursos biológicos y el conocimiento tradicional se compartan con las comunidades que los poseen. Sin embargo, en la práctica, estos marcos legales pueden ser difíciles de comprender y los ejemplos exitosos siguen siendo escasos.

Un nuevo estudio publicado en Plantas, Gente, Planeta Ofrece una posible solución. La Dra. Jessica Cartwright y sus colegas exploraron cómo desarrollar y comercializar una bebida más saludable elaborada con plantas autóctonas utilizadas por las comunidades indígenas de Australia, garantizando al mismo tiempo que dichas comunidades conserven el control y reciban beneficios significativos.

Los investigadores basaron su proyecto en una asociación existente entre el Centro de Capacitación ARC para Alimentos Exclusivamente Australianos de la Universidad de Queensland y un proyecto financiado por el Centro de Investigación Cooperativa para el Desarrollo del Norte de Australia (CRCNA), que tiene como objetivo fortalecer las cadenas de suministro de la ciruela Kakadu (terminalia ferdinandianaEsta pequeña fruta verde crece en las tierras ancestrales de muchas comunidades indígenas del norte de Australia y es famosa por su altísimo contenido de vitamina C, además de compuestos antioxidantes y prebióticos que favorecen la salud humana. La elección de la ciruela Kakadu también tiene un gran simbolismo. En el pasado, los intentos de patentar su uso en cosméticos provocaron acusaciones de biopiratería, lo que puso de manifiesto cómo el conocimiento indígena se ha comercializado a menudo sin consentimiento.

Frutas de ciruela Kakadu. Foto de Todo lo nativo (Wikimedia Commons).

Además de estas iniciativas de investigación e industria, el proyecto también contó con la participación de una organización indígena clave: la Cooperativa Empresarial Indígena Bushtukka and Botanicals (BBIEC). Creada por miembros del Grupo Empresarial Indígena que participó en la investigación, BBIEC es una cooperativa de propiedad 100% indígena que apoya a las empresas que trabajan con alimentos autóctonos. Si bien los científicos colaboraron en el desarrollo del prototipo de la bebida, BBIEC liderará su comercialización, asegurando que las oportunidades económicas generadas por los productos a base de ciruela Kakadu beneficien a las comunidades vinculadas a la planta y su territorio.

El desarrollo de la bebida fue un proceso colaborativo. Los investigadores trabajaron estrechamente con socios indígenas para decidir los elementos clave de la receta, como si usar edulcorantes artificiales o azúcar común, la cantidad de ciruela Kakadu y si la bebida debía ser carbonatada.

Prototipo de bebida de ciruela Kakadu. Fotografía de Jessica Cartwright.

Una vez listos los prototipos, el equipo los probó con consumidores. En una prueba sensorial, 142 participantes degustaron cinco refrescos con distintos niveles de azúcar, desde cero hasta cantidades similares a las de los refrescos comerciales. El objetivo era sencillo: determinar hasta qué punto se podía reducir el nivel de azúcar antes de que la gente dejara de disfrutar de la bebida.

Los investigadores también querían comprender cómo las propias comunidades indígenas percibían la idea de un refresco a base de alimentos silvestres. Para ello, organizaron una serie de "círculos de diálogo", una forma de conversación arraigada en la cultura aborigen que se utiliza habitualmente en la investigación sobre los pueblos indígenas. En estas discusiones estructuradas, adultos y jóvenes indígenas compartieron sus puntos de vista sobre los alimentos silvestres, la salud y la nutrición.

Los participantes valoraron positivamente el sabor, el color y los ingredientes naturales de la bebida. Pero las conversaciones revelaron algo más profundo. Muchos vieron el producto no solo como una alternativa más saludable a las bebidas azucaradas, sino también como una forma de reconectar la alimentación diaria con los alimentos tradicionales y la identidad cultural. Las pruebas de laboratorio reforzaron este potencial. La bebida prototipo contenía vitamina C y niveles de antioxidantes comparables a los del zumo de naranja, con un 50 % menos de azúcar que un refresco típico. En otras palabras, la bebida podía ofrecer una alternativa más saludable sin sacrificar el sabor.

Pruebas de laboratorio realizadas por Cartwright. Fotografía de Jessica Cartwright.

Quizás lo más sorprendente sea lo que sucedió después. En lugar de que la universidad conservara el control y ofreciera regalías, los derechos de propiedad intelectual de la bebida se transfirieron a la cooperativa indígena BBIEC. Esto otorga a las comunidades un control comercial real. La cooperativa incluso ha desarrollado una aplicación basada en blockchain para rastrear los ingredientes hasta su origen, lo que contribuye a garantizar la transparencia y una remuneración justa.

A partir de este estudio de caso, los investigadores describen cuatro principios clave para la comercialización ética: la gobernanza indígena de la investigación, el reconocimiento del valor cultural y científico de las plantas, la participación de socios indígenas en cada etapa y la propiedad indígena del producto comercial final.

En esencia, el proyecto iba más allá de crear un refresco con menos azúcar. Ofrece una demostración práctica de que el conocimiento tradicional y la ciencia moderna pueden trabajar juntos para forjar un nuevo futuro para las industrias alimentarias indígenas, un futuro basado en el respeto y no en la explotación. Convertir el conocimiento indígena en productos de supermercado rara vez es sencillo, y aún quedan desafíos por superar. Sin embargo, si los responsables políticos, los investigadores y los profesionales de la salud toman nota, las plantas alimenticias indígenas, como la ciruela Kakadu, podrían contribuir a construir sistemas alimentarios más saludables, justos y resilientes para el futuro.

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Cartwright JJefe J., Thomson M, Sultanbawa YFNetzel MEWright ORL2026. Del conocimiento tradicional al mercado: Un camino para la comercialización ética de productos alimenticios indígenas. Plantas, Gente, Planetahttps://doi.org/10.1002/ppp3.70168


Imagen de portada: Prototipo de bebida de ciruela Kakadu. Fotografía de Jessica Cartwright.

Traducción al español y portugués por Erika Alejandra Chaves-Diaz.